El país ocupa el segundo sitio en el mundo en discriminación hacia los enfermos mentales y solo uno de cada cinco mexicanos tiene acceso a un tratamiento psiquiátrico.

"Sentí mucha vergüenza y fue muy difícil para todos", cuenta María, tras una larga pausa. "Mi propia familia no sabía cómo tratarme, nadie en mi casa hablaba de lo que me pasaba y a mí me tomó años aceptarlo", comenta la psicóloga, de 45 años. El detonante fue una sesión de coaching hace cinco años en la que se dispararon presiones que había guardado por mucho tiempo. Tener hijos, casarse… Las presiones se convirtieron en delirios, alucinaciones y dejó de dormir por varios días. Después de no haber visto a un psiquiatra en la vida y de haber sido internada, vino el golpe más duro: le habían diagnosticado trastorno bipolar. "Mi vida se paralizó por completo".

"Eres señalado constantemente: 'Ahí viene el loco, ahí viene el loco", lamenta Esteban. "¿Quién quiere estar cerca de alguien que está mal?", se pregunta este pintor de 36 años. La predilección por las rutinas, la somatización de sus preocupaciones y la angustia lo han acompañado la mayor parte de su vida adulta, pero fue hasta hace dos años que le dijeron que tenía trastorno obsesivo compulsivo. Él y María no se conocen, pero ambos han pedido el anonimato. "Enfermo mental". La losa de la etiqueta es demasiado pesada, sobre todo en México, el segundo país en el mundo con más estigma hacia y entre las personas con padecimientos psiquiátricos, según un análisis que se publicó en 2016 a partir de la encuesta de Salud Mental que realiza la Organización Mundial de la Salud (OMS) en los cinco continentes.

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